Hoy amanecimos con un sol hermoso en el pueblo, de esos que te empujan a salir al patio, a mover un poco la tierra y a seguir construyendo, con las manos, este sueño que empezamos hace un tiempo: Alma de Almeyra. Nosotros somos Matías y María Laura, una familia que un día decidió cerrar la puerta de la ciudad y abrir la tranquera de un pueblo rural de la provincia de Buenos Aires. Y cada día que pasa sentimos que la decisión fue la correcta.
En la historia de hoy nos tocó un poco de todo: jardinería, huerta, trasplantes, descubrimientos y hasta un ratito de ocio bajo la sombra. Pero lo más lindo es que cada pequeña tarea es parte de algo más grande. Acá todo es proceso, paciencia y ganas.
🌿 El corral viejo que hoy nos da sombra
Elegimos empezar la tarde en un lugar muy especial: el antiguo corral de las cabras. Todavía está ahí, medio salvaje, lleno de ramas, restos de lo que fue y lo que será. Todavía no empezamos a trabajarlo, pero es el único rincón donde la sombra cae pareja y nos deja sentarnos un rato a charlar, a planificar y a respirar.
Lo loco es que, aunque el espacio se vea rústico, la tierra de ese lugar es un tesoro. Las cabras la abonaron durante años sin saber que nos estaban regalando el mejor sustrato para las macetas, los trasplantes y las nuevas flores que hoy animan el patio. De a poco vamos entendiendo que acá nada está “de más”: todo sirve para algo.
🌼 Jornada de trasplantes: darle hogar a lo que crece
La misión del día era clara: dedicarlo completamente a la jardinería. Teníamos flores pidiendo auxilio en macetitas chiquitas, plantas esperando tierra nueva y la huerta mirándonos de reojo como diciendo “eh, ¿cuándo me siguen?”. Así que empezamos.
Los protagonistas del día fueron:
- Rayito de sol
- Las clavelinas (fieles, resistentes, hermosas)
- La verbenita
- El gajito de geranio que Marga —nuestra vecina del vivero— nos regaló en la feria
- Y las portulacas, que ya pedían un espacio más digno
Armamos unos macetones con pedazos de tacho grandes, llenos con aquella tierra negra y esponjosa del corral. A medida que los llenábamos, sentíamos como si estuviéramos armando pequeñas casitas para que cada planta pueda estirarse y sacar su mejor versión.
Cuando trasplantás así, con calma, tocando la raíz, viendo cuánto creció, siempre aparece ese momentito de emoción. Es increíble cómo una plantita tan chiquita puede convertirse en una fiesta de colores si le das un lugar lindo.
🌱 La huerta: remolachas, madreselvas y un zapallo sorpresa
Entre tanto movimiento, hicimos una pasada por la huerta chica para ver cómo venían las remolachas que trasplantamos el día anterior. Pobrecitas… todavía están batallando contra las babosas, la deshidratación y la vida misma. Pero ahí están, firmes. Nosotros confiamos en ellas.
También nos encontramos con una alegría inesperada:
dos semillas de un zapallo plomo gigante que nos habían regalado… ¡brotaron!
Esas son cosas que te levantan la energía. Uno siembra pensando “veremos qué pasa”, y de repente una semillita te sorprende y te dice “acá estoy, eh”.
Y como si fuera poco, revisamos los esquejes de madreselva y… ¡dos prendieron! Ya nos imaginamos el perfume que van a dar cuando crezcan.
🌳 Un nuevo rincón para soñar
Mientras trabajábamos, surgió otra idea: en ese espacio lleno de sombra —demasiada para cultivar verduras— podríamos hacer un rinconcito de descanso. Una mesita, la pileta cuando llegue el verano, unas sillas, el mate.
Sí, también hace falta eso: crear lugares para parar, para respirar y para disfrutar lo que estamos construyendo.
Porque la vida rural no es sólo trabajo. También es levantar la cabeza, mirar el horizonte y agradecer.
🌸 Un rincón florido para alegrar el alma
Una de las cosas que más disfrutamos fue ir armando lo que será nuestro rincón florido. Entre el rayito de sol, las clavelinas y el geranio, ya se empieza a imaginar lo que será ese lugarcito lleno de colores.
La clavelina se llevó un capítulo aparte. Aguanta heladas, sequías, el paso del tiempo y hasta sobrevivió a las cabras (que todo lo mastican). Son plantas nobles, agradecidas, de esas que vuelven siempre.
Y el geranio… ese gajito minúsculo que nos regaló Marga ahora es una planta hermosa. Que alguien te regale un gajo es regalarte un poquito de vida. Eso también es parte de vivir en un pueblo.
🌵 La zarzamora: amor y espinas
Como siempre, la zarzamora quiso ser protagonista. Está llena de flores hermosas, colmada de abejas, pero tiene espinas por todos lados. Así que mientras trasplantábamos, también hubo tiempo para podarla apenas, lo justo para que no nos enganche cuando pasamos.
Convive con nosotros, con amor y con límites.
Como todo.
🧺 Tierra buena, manos sucias y corazón contento
Cada vez que metíamos la pala en la tierra del corral, aparecía ese olor… a tierra húmeda, a vida, a todo lo que crece sin pedir nada a cambio. Cuesta explicarlo, pero quienes trabajan la tierra saben exacto de qué hablamos.
Y entre pala, macetas, risas y el juego de Pancha, el tiempo se nos pasó volando.
🧉 El cierre perfecto: un ratito de mate y descanso
Después de un día de jardinería, huerta y trasplantes, nos sentamos un rato en la mesita matera bajo la sombra. Invitamos a Fer también, porque el mate compartido siempre es más rico.
Y ahí, mientras respirábamos hondo, mirábamos las plantas en sus nuevas casas y escuchábamos el ruido de las hojas moviéndose con la brisa, nos salió una frase que resume todo:
“Todo comenzó con un sueño.”
Y cada día que trabajamos esta tierra, reafirmamos que los sueños, cuando se cuidan, también brotan.
Gracias por acompañarnos en este viaje, si querés ver el video aca te lo dejo gracias por leer, por el like y por suscribirte a nuestro canal que nos ayuda un montón…
Nos vemos y leemos en el próximo capítulo.


