Vida rural, emprendimiento familiar y momentos cotidianos simples
Hay días que no parecen extraordinarios…
Y sin embargo, lo son.
Un día en Alma de Almeyra empieza casi siempre igual:
el mate recién cebado, el silencio del pueblo, la luz entrando despacio por la ventana.
No hay apuro.
Hay ritmo.
🧉 La mañana, ese primer momento
El mate es el punto de partida.
Es pausa, es charla, es mirar hacia afuera y también hacia adentro.
A veces con pan casero.
A veces con mermelada.
Siempre con tiempo… aunque no sobre.
Desde ahí empezamos a ordenar el día.
Pensar qué hay que hacer en la huerta.
Qué quedó pendiente en la cocina.
Qué nos va marcando el clima.
🌱 La huerta como brújula
La huerta define mucho del día.
Si hay sol, si hay nubes, si amenaza lluvia.
A veces se cosecha.
A veces se observa.
A veces simplemente se aprende mirando.
No todos los días son productivos en el sentido clásico.
Pero todos dejan algo.
Un zapallito nuevo.
Una planta que vuelve a brotar.
Una señal de que algo va bien… o de que hay que ajustar.
🍅 La cocina, refugio y encuentro
La cocina aparece cuando la huerta termina su parte.
O cuando el clima obliga a entrar.
Ahí se transforma lo que la tierra dio.
Se cocina, se conserva, se prueba, se comparte.
No siempre hay recetas planificadas.
Muchas veces se decide en el momento.
La cocina es refugio.
Es memoria.
Es continuidad.
🌧️ Cuando el día cambia de planes
Hay días en que el cielo se pone negro de golpe.
Y todo lo pensado se corre.
Se levanta campamento.
Se entra apurado.
Se acepta que hoy será distinto.
La vida rural es así.
Flexible.
Impredecible.
Real.
🤍 Lo simple, lo cotidiano, lo nuestro
Un día en Alma de Almeyra no es una postal perfecta.
Es una sucesión de momentos simples.
Mate.
Huerta.
Cocina.
Charla.
Trabajo.
Y en esa simpleza encontramos sentido.
Porque no se trata de hacer mucho…
Sino de estar presentes en lo que hacemos.
Gracias por leer…
Laura y Matías
Alma de Almeyra 🌿


