Rituales de familia

Las pequeñas ceremonias que inventamos en Almeyra

Rituales familiares, vida simple y bienestar en el pueblo

A veces pienso que una familia no se define por el apellido ni por la sangre, sino por las cosas que repite.

Por esas pequeñas costumbres que al principio suceden por casualidad…

y que, con el paso de los años, se vuelven ley.

Son nuestro código secreto.

Nuestra manera de decir “estamos en casa” sin necesidad de explicarlo.

Hace diez años dejamos la ciudad y nos mudamos al pueblo.

Diez años viviendo en Almeyra.

Diez años aprendiendo qué significa realmente la vida en el campo.

Y si miro hacia atrás, me doy cuenta de algo:

nuestra vida acá no se mide tanto en calendarios, sino en rituales.

No son grandes celebraciones.

No son fiestas organizadas.

Son pequeñas ceremonias cotidianas que nos anclan a esta tierra.

Que nos recuerdan quiénes somos.

Y que, sin exagerar, sostienen nuestro bienestar familiar.

Los viernes de juegos y vermout

Todo empieza cuando Laura prepara el vermusito como solo ella sabe hacerlo.

Ese gesto ya marca el cambio de ritmo.

La semana laboral termina.

El cuerpo lo sabe.

Nos sentamos a cenar —sí, cenamos con vermout, ¿no les dije que era nuestro ritual?—

y celebramos algo simple: que es viernes.

Después viene la parte que Fer y yo esperamos toda la semana:

noche de play.

Yo juego con él.

Laura se acomoda en el sillón con alguna serie que la hace reír a carcajadas.

Y la casa se llena de ese sonido que, para nosotros, es felicidad pura.

No se madruga al día siguiente.

No hay apuro.

Es lo más parecido al paraíso que conozco.

Y cada vez que lo vivimos pienso:

qué importante es haber creado esto.

No lo planeamos cuando dejamos Merlo hace diez años.

No estaba en ningún proyecto de vida escrito.

Pero hoy es sagrado.

 

Almuerzos con comedia: estar en casa de verdad

Otro ritual que nació sin querer fue el de mirar comedias en el almuerzo.

Empezó por acompañar a Fer a ver un dibujo animado —Gumball, que dicho sea de paso tiene un humor bastante adulto, jajaja—

y cuando terminó, buscamos otra serie.

Y después otra.

Y después ya no fue una decisión.

Simplemente “se hace”.

El almuerzo en casa, con una comedia de fondo, se volvió nuestra forma de decir:

“Estamos acá.”

“Estamos tranquilos.”

“Estamos juntos.”

Vivir en el pueblo nos permitió algo que antes era difícil:

compartir estos momentos sin correr.

Y cuando uno habla de vida simple, a veces suena romántico.

Pero en realidad es esto:

tiempo compartido sin urgencia.

El ritual del mate: unión cotidiana

Si hay algo que representa nuestra vida en Almeyra es el mate.

El mate después del trabajo no se negocia.

Cuando termina la jornada —ya sea de mermeladas, huerta, pedidos o trámites—

la merienda es impostergable.

Yo me ocupo de cebarlo.

Fer prepara el mate.

Laura trae lo que haya: pan casero si hizo, alguna torta simple, o lo que esté disponible.

Lo importante no es lo que hay en la mesa.

Es el momento.

El mate, para nosotros, es conversación.

Es contarnos ideas.

Es mostrarle al otro lo que hicimos.

Es pensar en proyectos nuevos.

Es unión.

En el ritmo del campo, el mate funciona como un ancla diaria.

Marca el final del trabajo y el comienzo del tiempo familiar.

Y eso, créanme, cambia la calidad de vida.

Vivir en el pueblo y crear nuestras propias tradiciones

Cuando nos mudamos al interior no sabíamos exactamente qué estábamos buscando.

Sabíamos que queríamos otra forma de vida.

Más conectada con lo esencial.

Más coherente con lo que sentíamos.

Pero no sabíamos que lo que realmente iba a sostener esa decisión serían estas pequeñas ceremonias.

Los viernes de vermout.

Las comedias en el almuerzo.

La mateada de la tarde.

Ninguno de estos rituales estaba en nuestros planes cuando salimos de la ciudad hace diez años.

No los leímos en ningún libro sobre bienestar.

No aparecían en ninguna guía sobre cómo vivir en el campo.

Nacieron de la convivencia.

De la vida misma del pueblo.

De la necesidad de marcar el paso del tiempo.

Y hoy son parte de nuestra identidad.

 

Más que mermeladas: identidad y pertenencia

Muchas veces se nos asocia con lo que producimos.

Somos “los chicos de las mermeladas”.

Somos emprendedores rurales.

Somos los que dejaron la ciudad.

Pero en realidad somos otra cosa.

Somos la familia que celebra el encuentro.

Que brinda un viernes a la noche.

Que se ríe fuerte con una comedia al mediodía.

Que convierte el mate en un momento sagrado.

La vida en el campo no nos dio solo silencio y huerta.

Nos dio espacio para inventar nuestra propia forma de estar juntos.

Y en esa repetición amorosa encontramos algo profundo:

estabilidad emocional.

Porque cuando el trabajo es incierto, cuando el emprendimiento tiene subidas y bajadas, cuando el clima no acompaña…

estos rituales siguen.

Y eso nos sostiene.

La verdadera conclusión

Después de diez años en Almeyra entendimos algo importante:

Una casa se convierte en hogar cuando tiene memoria, el hogar de las memorias…

Y la memoria se construye con repetición.

Con pequeños gestos.

Con costumbres compartidas.

Con momentos que se vuelven previsibles y queridos.

No somos solo productores de mermelada.

No somos solo ex citadinos que eligieron el pueblo.

Somos la familia que inventó sus propias ceremonias.

Y en esa constancia sencilla —vermouth, mate, comedias, risas— encontramos nuestra manera de ser felices.

No es espectacular.

No es grandioso.

Es simple.

Y para nosotros, eso alcanza.

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