Aprender a vivir sin apuro (por lo menos para nosotros)
Hay algo que la huerta nos enseñó desde el primer día…
y no fue a plantar derecho ni a regar en el horario justo (eso lo aprendimos a los golpes, jajaja).
La huerta nos enseñó paciencia.
Paciencia para esperar.
Paciencia para aceptar que no todo depende de uno.
Paciencia para entender que la vida no siempre responde a los tiempos que tenemos en la cabeza.
Y quizás por eso, sin darnos cuenta, la huerta se volvió una metáfora bastante clara de la vida que elegimos vivir.
La vida simple no es tan simple (pero vale la pena)
Cuando uno habla de “vida simple”, muchas veces se imagina algo idealizado…
todo calmo, todo verde, todo funcionando perfecto.
Spoiler: no es así.
La vida simple tiene barro, plantas que no prosperan, frascos que no sellan bien, días de cansancio y otros de frustración.
Tiene momentos en los que te preguntás:
—¿qué estamos haciendo?
—¿esto tiene sentido?
(Sí, nos lo preguntamos más de una vez…).
Pero también tiene algo que para nosotros es invaluable:
tiempo vivido con sentido.
Tiempo para estar presentes.
Tiempo para mirar crecer algo.
Tiempo para equivocarnos y volver a intentar.
La huerta como proyecto de autoconsumo (y de aprendizaje)
Nuestra huerta no nació perfecta.
Ni grande.
Ni organizada.
Nació como nacen casi todos los proyectos reales:
con ganas… y muchas dudas.
Empezamos pensando en el autoconsumo.
En poder comer algo que salga de nuestra tierra.
En saber qué estamos comiendo.
En no depender tanto de lo de afuera.
Y de a poco la huerta empezó a devolvernos mucho más que verduras.
Nos devolvió la idea de proceso.
Nos devolvió el respeto por los tiempos naturales.
Nos devolvió esa sensación de logro que no viene rápido, pero cuando llega… se disfruta el doble.
Porque no es lo mismo comprar un zapallito que cosecharlo.
(No es mejor ni peor… es distinto. Por lo menos para nosotros).
Disfrutar los procesos (aunque cueste)
Vivimos en una época donde todo es inmediato.
Queremos resultados ya.
Queremos respuestas ya.
Queremos que las cosas funcionen ya.
La huerta no sabe nada de eso.
La huerta te dice:
—esperá.
—observá.
—probá otra vez.
Y a veces te dice:
—no va a ser esta temporada.
Y duele un poco, eh… no vamos a mentir.
Pero también pasa algo interesante:
cuando aceptás el proceso, el disfrute cambia.
Ya no esperás solo la cosecha.
Disfrutás el camino.
El mate en la mañana mirando las plantas.
La charla mientras regamos.
El “¿viste que salió otro?”
El “mirá cómo creció esto”.
Cosas simples… que terminan siendo enormes.
Vivir en el pueblo, vivir sin apuro
Elegir la vida en el pueblo fue, sin saberlo, elegir otra velocidad.
Acá no todo es urgente.
No todo es para ayer.
No todo tiene que pasar ya.
Hay mañanas que empiezan despacio.
Mate.
Huerta.
Alguna cosecha.
Alguna sorpresa.
Después viene la cocina.
Pensar qué hacemos con lo que hay.
Improvisar recetas (Laura es especialista en eso…).
Después viene el trabajo.
Las mermeladas.
Los frascos.
El envasado.
El etiquetado.
Y sí, hay días largos.
Hay cansancio.
Hay momentos de “uf, hoy no damos más”.
Pero también hay siesta.
Y eso no es menor (por lo menos para nosotros, jajaja).
Nuestro día a día: huerta, cocina y mermeladas
Nuestro día no es perfecto.
No es de post de instagram.
Es real.
Mañanas de mate y huerta.
Mediodías de cocina.
Tardes de trabajo con las mermeladas.
Alguna siesta estratégica.
Y de nuevo mates, charlas y huerta.
A veces se mezcla todo.
A veces la huerta se cruza con la cocina.
A veces el trabajo se cruza con la vida personal.
Y está bien.
Porque Alma de Almeyra no es solo un emprendimiento.
Es la forma en la que elegimos vivir.
Fortalecer el emprendimiento sin perder el alma
Algo que aprendimos con el tiempo es que crecer no tiene por qué significar perder la esencia.
Estamos fortaleciendo el emprendimiento.
Estamos aprendiendo.
Estamos ordenándonos.
Estamos empezando con la venta online de nuestras mermeladas y dulces.
Y eso nos entusiasma… y nos da un poco de miedo también (no vamos a hacernos los cancheros).
Porque queremos crecer, sí.
Pero no a cualquier costo.
Queremos que Alma de Almeyra siga siendo esto:
una familia que hace mermeladas y dulces artesanales
una huerta real.
una cocina vivida.
un proyecto familiar.
una historia compartida.
Autoconsumo, pero también comunidad
El autoconsumo no es solo para adentro.
También es una forma de compartir.
Compartir lo que aprendemos.
Compartir lo que hacemos.
Compartir errores y aciertos.
Por eso el blog.
Por eso el canal de youtube.
Por eso contar el día a día.
No porque tengamos todas las respuestas…
sino porque creemos que los procesos compartidos inspiran.
(Aunque sea a decir: “ah, mirá… a ellos también se les quemó la planta”, jajaja).
La paciencia como forma de vida
Si tuviéramos que resumir todo esto en una palabra, sería paciencia.
Paciencia para sembrar.
Paciencia para esperar.
Paciencia para crecer.
Paciencia para entender que todo lleva su tiempo.
La huerta no se apura.
La vida tampoco debería.
Y nosotros, de a poco, estamos aprendiendo a ir a ese ritmo.
No siempre sale.
A veces nos gana la ansiedad.
A veces queremos todo ya.
Pero volvemos a la huerta…
y la huerta nos baja un cambio.
Seguir sembrando
Seguimos sembrando plantas.
Seguimos sembrando ideas.
Seguimos sembrando este proyecto que crece con nosotros.
No sabemos exactamente hasta dónde vamos a llegar.
Pero sí sabemos cómo queremos caminar el camino.
Con mate.
Con huerta.
Con cocina.
Con trabajo real.
Con tiempo vivido.
Y eso, hoy, nos alcanza.
Gracias por leer.
Laura y Matías – Alma de Almeyra 🌿



Hermosas palabras y muy bella forma de compartir con todes aquellos que les amamos y tenemos la gracia y el privilegio de conocerles!! ❤️💋✌️
Muchas gracias por leer y por estar siempre… Los queremos mucho y los esperamos para compartir verduras, dulces y abrazos 🤗