Vocación de huerta

Preparar la tierra y aprender el ritmo del otoño

Hay un momento en la huerta que pasa casi desapercibido.

No es la cosecha abundante del verano.

No es el entusiasmo de la primavera.

Es ese tiempo silencioso en el que el verano empieza a despedirse y la huerta se prepara para otra etapa.

Los días se acortan.

Las mañanas son un poco más frescas.

El sol ya no cae con la misma intensidad.

Y uno empieza a sentir que el ritmo cambia.

En la huerta familiar, ( hago la diferencia de huerta familiar y huerta comercial ) el cambio de temporada no se anuncia con un calendario.

Se percibe caminando la tierra.

Preparar la tierra: empezar de nuevo

Cada temporada de huerta empieza mucho antes de sembrar.

Empieza cuando volvemos a mirar la tierra.

Sacamos lo que terminó su ciclo.

Aflojamos el suelo.

Agregamos compost.

Acomodamos los bancales.

No es un trabajo rápido.

Ni debería serlo.

Preparar la tierra es una forma de respeto.

Porque ahí van a crecer las plantas que después nos van a alimentar.

En nuestra huerta lo hacemos sin apuro.

A veces trabajamos un rato a la mañana.

A veces seguimos un poco a la tarde.

Y muchas veces, entre pala y rastrillo, aparece el mate.

Porque la huerta también es eso:

trabajo… pero también pausa.

 

El final del verano

El verano deja sus últimas señales.

Algún tomate rezagado.

Los últimos zapallitos.

Las plantas que empiezan a mostrar que su ciclo terminó.

No todo dura para siempre en la huerta.

Y aprender a aceptar eso también forma parte del proceso.

Hay plantas que ya cumplieron su función.

Hay espacios que vuelven a quedar vacíos.

Y ese vacío no es pérdida.

Es oportunidad.

Porque cada estación trae su propio ritmo y su propio alimento.

Sembrar cebolla: pensar en el futuro

Una de las primeras cosas que sembramos cuando empieza esta transición es la cebolla.

La cebolla es un cultivo paciente.

No crece rápido.

No da resultados inmediatos.

Pero cuando llega el momento de cosecharla, uno agradece haber empezado con tiempo.

Sembrar cebolla es un ejercicio de confianza.

Uno pone la semilla en la tierra sabiendo que va a pasar bastante tiempo antes de ver resultados.

Y eso, en una época donde todo parece urgente, es casi una pequeña revolución.

Cinco meses esperando para disfrutar el sabor y aroma único de la cebolla…

La zanahoria y el arte de esperar

La zanahoria también pertenece a ese mundo de las plantas que crecen despacio.

Sembrarla es un acto de fe.

La semilla es diminuta.

Cuando la tiramos en el surco cuesta imaginar que de ahí va a salir una raíz dulce y firme.

Este año la sembramos en un tambor de esos de 200 litros cortado y le pusimos una tierra tamizada bien suelta…

Al principio apenas se ven unas hojitas finitas.

Y durante semanas parece que no pasa nada.

Pero abajo de la tierra todo está trabajando.

Las raíces buscan profundidad.

La planta se fortalece.

La huerta enseña que el crecimiento no siempre es visible.

Y que lo importante muchas veces sucede donde no lo vemos.

 

Los días más cortos

Cuando el otoño empieza a instalarse, el tiempo cambia.

Los días son más cortos.

La luz dura menos.

Eso es lo que menos me gusta del otoño y del invierno, los día cortos…

Eso modifica el ritmo de la huerta… y también el nuestro.

En verano uno puede trabajar hasta tarde.

La luz acompaña.

En cambio, cuando el sol se va antes, la jornada se ordena de otra manera.

La huerta se vuelve más tranquila.

Hay menos urgencia.

Menos carreras.

Más observación.

La huerta sin apuro

En Alma de Almeyra siempre decimos lo mismo: la huerta no se apura.

Nosotros tratamos de acompañar ese ritmo.

No sembramos todo en un solo día.

No buscamos que todo crezca al mismo tiempo.

La huerta familiar se construye de a poco.

Un bancal hoy.

Otro mañana.

Un surco de zanahorias.

Otro de cebollas.

Así la tierra se trabaja mejor…

y nosotros también.

Porque la huerta no debería ser una obligación pesada.

Debería ser una forma de vida.

Vocación de huerta

A veces nos preguntan por qué hacemos todo esto.

Por qué sembramos.

Por qué producimos.

Por qué insistimos.

La respuesta no siempre es racional.

Hay algo más profundo.

Algo que podríamos llamar vocación.

Vocación de huerta.

Es esa necesidad de poner las manos en la tierra.

De ver crecer una planta.

De entender las estaciones.

Es aprender que no todo depende de nosotros.

Que hay lluvia, sol, frío, insectos, pájaros.

Y que todo eso forma parte del mismo sistema.

Autoconsumo y vida simple

Nuestra huerta es, antes que nada, una huerta familiar.

No busca ser perfecta.

Busca ser útil.

De ahí salen verduras para la mesa.

Sabores que después aparecen en la cocina.

Y también enseñanzas.

Porque cultivar para el autoconsumo cambia la forma en que uno se relaciona con la comida.

Se desperdicia menos.

Se valora más.

Cada zanahoria tiene historia.

Cada cebolla tiene tiempo.

 

 

La paciencia como aprendizaje

Si algo nos enseñó la huerta es paciencia.

No todo brota cuando uno quiere.

No todo crece al ritmo que imaginamos.

Este año las berenjenas nos enseñaron que son mucho más exigentes de lo que creíamos, y esa falta de observación nos valió no tener casi nada de frutos. Tomamos nota para el año que viene, la arañuela roja y los escarabajos son un tema serio.

Pero cuando uno aprende a esperar, algo cambia.

Se empieza a disfrutar el proceso.

El momento de sembrar.

El de regar.

El de observar.

Incluso el de equivocarse.

Porque la huerta también está hecha de intentos.

Alma de Almeyra

En Alma de Almeyra la huerta es parte de nuestra vida cotidiana.

No es solo producción.

Es aprendizaje.

Es familia.

Es conversación.

Es el momento en que salimos al patio, miramos la tierra y pensamos qué viene ahora.

Ahora empieza el tiempo de preparar.

De sembrar cebolla.

De esperar zanahorias. Habas, arvejas, repollos, brócoli…

De aceptar que los días se acortan.

Y de recordar algo simple:

La huerta no se domina.

Se acompaña.

Gracias por leer y estar.

Laura y Matías

Alma de Almeyra 🌿

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