Por qué elegimos la vida en el campo: nuestra historia

Hay decisiones que no se toman de un día para el otro. Se van cocinando despacio, como una mermelada a fuego bajo, hasta que en algún momento te das cuenta de que ya está lista y es hora de actuar.

La nuestra fue así.

Laura y yo nos fuimos a vivir juntos en 2012. Los dos veníamos del conurbano bonaerense — ella de Castelar, yo de Merlo — y en ese momento no teníamos un plan grandioso ni una hoja de ruta clara. Teníamos ganas de algo diferente, aunque todavía no sabíamos muy bien qué forma iba a tomar ese «algo diferente».

Lo que sí teníamos claro, aunque no lo dijéramos con esas palabras, era que la ciudad no nos terminaba de cerrar. No era una queja dramática ni una crisis existencial. Era algo más cotidiano y más profundo a la vez: el ruido constante, la corrida permanente, la sensación de que los días se iban en cosas que no elegíamos del todo. Vivíamos en Merlo, que para quien no lo conoce es parte del gran conurbano oeste de Buenos Aires, y la vida ahí tenía su propio ritmo frenético que nos resultaba cada vez más ajeno.

 

El camino hasta Almeyra

Durante cuatro años vivimos en Merlo mientras maduraba la idea de irnos al campo. No fue un proceso sencillo. El principal obstáculo, el que casi nos frena, fue el económico. Cuando no tenés un colchón financiero sólido, dar un salto así da miedo, y es legítimo que dé miedo. Hay que ser honestos con eso.

Pero lo fuimos resolviendo de a poco, como se resuelven la mayoría de las cosas importantes: sin apuro, sin fórmulas mágicas, con paciencia y con foco en lo que queríamos construir.

En diciembre de 2016 llegamos a José Juan Almeyra, un pequeño pueblo en el partido de Navarro, provincia de Buenos Aires. Y con esa llegada empezó otra etapa.

Una de las razones concretas para elegir ese momento fue nuestro hijo: estaba por empezar el secundario, y si esperábamos más, el cambio se iba a hacer mucho más difícil para él. Hay una ventana para estas decisiones, y nosotros la aprovechamos.

¿Por qué la vida en el campo?

Si alguien me pregunta qué nos llevó a elegir esta vida, la respuesta más honesta es: la tranquilidad. La paz. La posibilidad de vivir más despacio.

Nos gusta la tierra. Nos gusta cultivar nuestros propios alimentos, ver crecer una planta desde la semilla, cosechar lo que plantamos. Hay algo en ese ciclo — sembrar, esperar, cosechar — que conecta con algo muy básico y muy humano que la vida urbana tiende a tapar.

También nos gusta la vida más lenta. No más fácil, ojo — el campo tiene sus propias exigencias y sus propios desafíos. Pero más lenta sí. Con otro ritmo. Con tiempo para el desayuno en familia, para caminar por la huerta al mediodía, para mirar el cielo sin apuro.

Eso, que puede sonar a poco, para nosotros lo es todo.

 

Lo que dejamos atrás (y lo que no extrañamos)

La pregunta que nos hacen seguido es si extrañamos la ciudad. La respuesta corta: no.

No extrañamos el ruido. No extrañamos el tráfico, las prisas, la densidad de gente y de estímulos constantes. No extrañamos esa sensación de estar siempre apurados hacia algún lugar que no terminaba de importarnos del todo.

¿Hay cosas de la ciudad que tienen su valor? Claro que sí. El acceso fácil a servicios, la variedad cultural, ciertas comodidades. Pero en el balance personal, nuestro balance, lo que encontramos acá pesa mucho más.

Alma de Almeyra: el proyecto que nació de esta vida

Las mermeladas, las conservas, el trabajo con la huerta — todo eso empezó naturalmente cuando llegamos. Era parte del estilo de vida que veníamos a buscar. Hacer las cosas con las manos, aprovechar lo que da la tierra, preservar los sabores de cada estación.

Lo que vino después, hace ya un año, fue el canal de YouTube y este blog. La idea era simple: compartir lo que íbamos aprendiendo. Sin pretensiones de ser expertos en nada, solo con ganas de documentar el camino y de conectar con otras personas que están buscando algo parecido.

Si querés conocer cómo empezamos a contar esta historia en video, podés ver nuestro primer video 

 

Para quien está pensando en dar el paso

Si estás leyendo esto y estás en esa etapa de «quiero pero no sé si puedo», lo único que te digo es: si tenés la posibilidad, hacelo. Sin duda.

No va a ser perfecto. Van a aparecer obstáculos que no esperabas. Va a haber momentos difíciles, sobre todo al principio. Pero si la decisión viene de un lugar genuino — de un deseo real de vivir distinto, más conectado con la tierra y con lo esencial — vale absolutamente la pena.

Lo que encontrás del otro lado es difícil de explicar con palabras. Es más un desayuno tranquilo un martes a la mañana que una postal de revista. Es más el olor a tierra húmeda después de la lluvia que una aventura épica. Es más cotidiano, más simple, y por eso mismo más real.

Y eso, por lo menos para nosotros, es exactamente lo que buscábamos.


Si te interesa el mundo de las conservas y las recetas que hacemos con lo que da la huerta y el campo, descargá nuestro ebook de conservas caseras — está lleno de recetas que preparamos nosotros y que forman parte de nuestra despensa todo el año.

Seguimos sembrando…

Seguimos aprendiendo…

Laura y Matías

Alma de Almeyra 🌿

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