mate, huerta y telar
Hay días de la semana que tienen nombre propio en esta casa, y el domingo es, sin duda, el favorito. No porque no trabajemos (acá el domingo también tiene lo suyo, ya van a ver), sino porque es el único día en el que el tiempo se estira distinto. Y en primavera, con el sol que empieza a calentar de verdad y las tardes que se alargan, un domingo en Almeyra tiene un ritmo particular que nos gusta contar.
La mañana: mate afuera, sin apuro
Todo arranca despacio. Nos levantamos como a las nueve, nueve y media, ya bastante más tarde que un día de semana normal, y lo primero que hacemos es sacar la mesa y los sillones al patio. Nada de desayunar adentro, con este sol no hay chance. Ponemos la pava, cebamos el primer mate, y ahí nos quedamos un buen rato, Laura y yo, sin hablar de nada en particular, disfrutando del solcito de la mañana.
Es un momento raro para explicar por qué es tan importante, pero para nosotros lo es. Durante la semana todo va rápido, entre las ollas, la computadora, los pedidos, el mantenimiento de la casa. El domingo a la mañana, con el mate en la mano y el patio en silencio, es como si el reloj bajara un cambio. No planificamos nada, no miramos el teléfono más de la cuenta, solamente estamos ahí.
El mediodía: algo simple, sin fórmula fija
Para comer al mediodía no tenemos una receta fija ni un ritual particular, la verdad. Va variando cada domingo, según lo que haya, según las ganas, según qué sobró de la semana o qué nos dieron ganas de cocinar esa mañana mientras tomábamos mate. Algunos domingos es algo más elaborado, otros es bastante simple. Lo único constante es que, casi siempre, terminamos comiendo afuera también, aprovechando que el clima acompaña.
La tarde: cada uno con lo suyo, pero juntos
Después de comer es cuando el domingo se divide en dos, aunque seguimos estando en el mismo lugar. Yo suelo irme para la huerta. En primavera hay siempre mucho para hacer: repasar los bancales, sacar alguna maleza, ver cómo van los plantines que trasplantamos, regar si hace falta. No es un trabajo pesado ni apurado, es más bien ir viendo cómo va creciendo todo, con tiempo, sin la presión de tener que terminar algo puntual.
Laura, mientras tanto, se instala afuera con el telar. Es una de las cosas que más le gusta hacer, y los domingos de primavera son perfectos para eso: se sienta con buena luz, con el solcito pegándole de costado, y se queda tejiendo tardes enteras. A veces charlamos de un lado al otro del patio, ella con los hilos, yo con la tierra en las manos, y así se nos va pasando la tarde, cada uno metido en lo suyo pero compartiendo el mismo espacio.
Es raro cómo dos actividades tan distintas, la huerta y el telar, terminan generando la misma sensación de calma. Capaz tiene que ver con que las dos son lentas, las dos requieren paciencia, y las dos dan algo para mostrar al final: una planta que creció, una trama que avanzó unos centímetros más.
A veces me quedo mirando a Laura desde la huerta, con el telar apoyado contra el respaldo del sillón, moviendo las manos con esa concentración que solo tiene cuando está tejiendo, y pienso que en el fondo estamos haciendo lo mismo aunque se vea tan distinto: los dos estamos construyendo algo despacio, sin apurar el proceso, dejando que cada cosa tome el tiempo que necesita. La huerta no crece más rápido porque uno la mire con ansiedad, y un tejido tampoco se arma más rápido por tener ganas de terminarlo. Ese aprendizaje, el de soltar el apuro, es capaz una de las cosas más grandes que nos dejó vivir acá.
La ventanita, que nunca se cierra del todo
Y en el medio de toda esta calma, está la ventanita. Los domingos de primavera, con la gente que sale a caminar o a pasear en auto por la zona, siempre hay alguien que se acerca a comprar. Golpean, preguntan qué tenemos esa semana, se llevan un frasco de mermelada, a veces dos. Algunos domingos es rápido, atendemos y seguimos con lo nuestro. Otros domingos se arma una charla, se cuentan cómo les fue, preguntan por la huerta o por el telar de Laura, y terminamos hablando un rato largo apoyados en el marco de la ventana.
Nos gusta esa parte del domingo, aunque interrumpa un poco la tranquilidad de la tarde. Es un recordatorio de que Almeyra, con toda esta paz que tratamos de construir, también es un lugar donde pasa gente, donde hay intercambio, donde lo que hacemos con las manos (la huerta, el telar, las mermeladas) termina llegando a la mesa de alguien más.
Y hay algo lindo en eso también: la gente que se acerca no es siempre la misma, pero hay caras que ya reconocemos, que vuelven domingo tras domingo, y con las que ya se generó una especie de confianza. No es raro que alguien se lleve un frasco de mermelada y de paso nos cuente cómo le fue con la que compró la semana pasada, si le gustó, en qué la usó. Esas devoluciones, aunque sean cortas, son parte de por qué seguimos con la ventanita abierta los domingos en vez de cerrar todo y dedicarnos solo a descansar.
La tardecita: la segunda ronda de mate
Cuando el sol empieza a bajar un poco, volvemos a la mesa del patio para la segunda ronda de mate del día. Este momento tiene otra energía que el de la mañana: ya pasamos el día entero afuera, ya hicimos algo con las manos, y el mate de la tarde es más bien un cierre, una forma de bajar del todo antes de que empiece a caer la noche.
Ahí solemos hacer un repaso mental de cómo estuvo el día, sin ponernos muy serios: qué avanzó en la huerta, cuánto tejió Laura, quién vino por la ventanita, si el sol pegó más fuerte que otros domingos. Nada trascendental, pero es ese tipo de charla que solo se da cuando ya no queda nada pendiente por hacer. Generalmente Fer nuestro hijo ya se suma a ese mate y esa charla…
Por qué nos gusta contar esto
Podríamos pensar que un domingo así no tiene mucho para contar: no pasa nada grande, no hay ninguna anécdota espectacular. Y sin embargo, para nosotros es justamente eso lo que lo hace valioso. Entre la huerta, el telar, el mate y la ventanita que siempre está un poco abierta, se arma un día que resume bastante bien por qué elegimos vivir así.
Gracias por estar.
Seguimos sembrando…
Seguimos aprendiendo…
Laura y Matías
Alma de Almeyra 🌿


